¡Hola! ¿A que no sabes qué día es hoy en el Jardín Floreciente? ¡Es el gran día! Barnaby, nuestro duende favorito con alas de hoja de olmo y pelo de musgo verde, está tan emocionado que sus pies apenas tocan el suelo. ¿Has sentido alguna vez ese cosquilleo en el estómago de cuando algo emocionante va a pasar? ¡Pues Barnaby lo siente multiplicado por mil! ¡Zás! ¡Zis! Se mueve de un lado a otro con sus botas de escamas de serpiente, organizando las primeras Olimpiadas de las Flores.
Todo es puro color y ruido. Las abejas practican sus giros en zig-zag —¡Zuum, zuum!— y las ardillas limpian sus nueces de la suerte. Pero lo más importante de todo es la Antorcha de Luciérnagas. Es un farolito especial hecho de cristal de rocío donde las luciérnagas más brillantes se han reunido para brillar todas a una. Es el símbolo de que los juegos han comenzado. ¡Es el orgullo de Barnaby! Él solo quiere que todos sean amigos y se diviertan compitiendo. Pero, ¡ay!, a veces las cosas no salen como planeamos...
Barnaby fue a buscar la antorcha detrás del gran arbusto de lavanda para la ceremonia, y ¿sabes qué encontró? ¡Nada! ¡Cero! ¡Un hueco vacío! ¿Dónde estaba la luz? El corazón de Barnaby hizo un ruido sordo: ¡pum-pum! En el suelo solo quedaba un rastro de polen azul brillante y unos pétalos pegajosos. ¡Alguien se la había llevado! ¿Puedes creerlo? ¡Un misterio en el jardín!
Barnaby se ajustó su cinturón de dientes de león y sacó su lupa de gota de agua. ¡Es hora de ser un detective! Mientras seguía el rastro azul, se encontró con el Escarabajo de Oro, que estaba muy enfadado porque había perdido su piedra de la suerte. Poco después vio a la Ardilla Squeak, que practicaba sus saltos pero no dejaba de gruñir porque quería ganar a toda costa. "¡Vaya!", pensó Barnaby rascándose sus orejitas puntiagudas, "parece que todos están tan preocupados por ganar que se han olvidado de ser amables".
El rastro de polen azul lo llevó hasta el Rincón de los Helechos Susurrantes, donde la luz del sol casi no llega. Allí, entre las sombras de las hojas gigantes, Barnaby vio un pequeño resplandor dorado. ¡Chis-plás! ¿Qué era eso? ¡Era la antorcha! Y junto a ella, estaba sentado Toby, un pequeño sapo de ojos tristes y barriguita redonda. Toby sostenía la antorcha con sus manitas pegajosas y suspiraba profundamente mientras la miraba.
"¿Toby?", preguntó Barnaby aterrizando suavemente sobre un hongo. "¿Por qué te has llevado la luz de todos?". Toby, el sapito, dio un salto de susto: ¡Ribbit-plop! "Es que... yo no soy rápido como las ardillas, ni sé volar como las abejas", respondió Toby con voz bajita. "Nadie me iba a invitar a las Olimpiadas porque soy lento y feo. Solo quería tener la antorcha para brillar tanto como un campeón, aunque fuera un ratito en la oscuridad".
Barnaby sintió una oleada de ternura en su pecho. Se acercó a Toby con sus ojos de ámbar brillando con sabiduría y le puso una mano diminuta en el hombro. "Escucha, Toby", le dijo con voz dulce, "las Olimpiadas no son para ver quién brilla más solo. Son para que brillemos todos juntos. Ganar una medalla está bien, pero no sirve de nada si el jardín está oscuro porque nos falta un amigo". ¿Verdad que Barnaby tiene razón? No importa si eres rápido o despacio, lo importante es estar con los amigos.
Entonces, Barnaby tuvo una idea brillante, ¡tan brillante como una luciérnaga! Invitó a Toby a ser el "Guardián Oficial de la Llama". Su trabajo consistiría en llevar la antorcha al frente del desfile para que todos pudieran ver el camino. ¡Toby se puso tan feliz que su piel de sapo pareció volverse de colores! Juntos, regresaron al estadio justo cuando las cigarras empezaban su concierto de chirridos.
¡Puf! La antorcha se encendió con un brillo mágico y todas las luciérnagas pulsaron de alegría. Barnaby anunció el inicio de los juegos y, ¿sabes qué fue lo más bonito? Que cuando vieron a Toby con la antorcha, todos los animales dejaron de gruñir. El Escarabajo de Oro compartió su piedra de la suerte y Squeak la ardilla ayudó a una tortuga a llegar a la meta.
Barnaby, flotando un poquito sobre el suelo, sonrió mientras comía un trocito de polen dulce de su morral de bellota. Había aprendido que ser un buen líder no es solo organizar carreras, sino asegurarse de que nadie se quede solo en la oscuridad. Y así, entre risas, saltos y muchos "¡Whoosh!", las primeras Olimpiadas de las Flores fueron un éxito total. Y colorín colorado, este cuento del jardín, ¡por hoy se ha acabado!