En lo alto de una colina, donde la luna brilla tanto que parece un gran queso de plata, vivía una niña ninja muy especial llamada Shiki. Shiki no era una niña cualquiera; tenía unas suaves orejas de gato de color plateado que asomaban por su pelo, una cola larga con la punta blanca que siempre delataba su emoción y un protector de metal en la frente con el símbolo del Yin y el Yang. ¿Sabes lo que significa ese símbolo? Significa equilibrio. Y Shiki era muy buena manteniendo el equilibrio... casi siempre.
Esa noche, el dormitorio de Shiki estaba muy silencioso. Tan silencioso que se podía oír el susurro del viento. Shiki se acurrucó bajo su manta de seda, cerró sus ojos (uno color ámbar y el otro como un zafiro) y esperó a que el sueño llegara. Pero justo cuando estaba a punto de soñar con nubes de algodón... ¡Skritch-scratch! ¡Tip-tap-clic!
¿Habéis oído eso? Un ruido extraño venía de debajo de su cama. Shiki se quedó muy quieta. Su colita dio un latigazo: ¡Zas! Bajo la cama, las sombras parecían estirarse como dedos largos y oscuros. ¿Sería un monstruo de polvo? ¿Sería un ogro comegotas? Shiki sintió que su corazón hacía: ¡Tun-tun, tun-tun! Pero entonces, tocó el símbolo de su frente y recordó que una ninja no corre del miedo, sino que lo mira a los ojos.
Con un movimiento rápido y elegante —¡Whoosh!—, Shiki dio una voltereta en el aire, aterrizó de puntillas y encendió su linterna de papel. —¡Sal de ahí, misterio nocturno!— exclamó con voz valiente pero dulce. Al iluminar el oscuro desierto de pelusas bajo el somier, Shiki no encontró garras ni colmillos. Lo que vio fue... ¡un desfile de ratoncitos con cascos hechos de cáscaras de bellota!
Había un ratón un poco más regordete que los demás, con un bigote muy largo y una capa hecha con un trozo de calcetín viejo. Era el Maestro Squeak-San. A su lado, tres ratoncitos tropezaban unos con otros. ¡Pum! ¡Catapum! ¡Squeak! Estaban intentando caminar en fila, pero eran tan patosos que parecían canicas rodando por el suelo.
—¡Oh, gran Gigante de Plata!— chilló Squeak-San, tapándose los ojos—. ¡No nos dejes a merced de la Bestia de las Sombras! —Shiki parpadeó confundida. ¿Bestia de las Sombras? Miró a la pared y vio que su propia sombra, proyectada por la linterna, se movía como un gigante oscuro cada vez que ella respiraba. ¡Pobrecitos! Los ratones tenían miedo de su propia sombra.
—No soy un gigante, soy Shiki— dijo ella, sentándose en el suelo para parecer más pequeña—. ¿Y qué hacéis bajo mi cama haciendo tanto ruido? ¡Parece que estáis dando una fiesta de zapateado! Squeak-San suspiró y se ajustó su casco de bellota. —No es una fiesta, Shiki-San. Somos el Clan Shinobi de la Alacena. Estamos entrenando para ser sigilosos, pero mis reclutas son tan ruidosos que hasta el queso nos oye venir. ¡Necesitamos ser invisibles! ¡Silenciosos como el rocío!
Shiki sonrió. Ella sabía mucho sobre el silencio. —¿Queréis que os enseñe el verdadero camino del ninja? —preguntó. Los ratones asintieron tan fuerte que se les cayeron los cascos. ¡Ploc, ploc, ploc! Así que, en medio de la noche, el dormitorio se convirtió en un dojo secreto. Shiki sacó unos pequeños palillos chinos y los puso en el suelo. —Primer ejercicio: ¡Equilibrio! —les dijo. ¿Podéis imaginar a los ratoncitos intentando caminar sobre un palillo?
¡Uuups! Uno se cayó a la izquierda. ¡Ay! Otro se cayó a la derecha. Shiki usó sus cintas de seda plateada para guiarlos, enseñándoles a respirar hondo: in-hala, ex-hala. Les mostró cómo mover las patitas sin golpear el suelo, como si caminaran sobre burbujas de jabón que no quieren explotar. Les enseñó que el miedo es solo una sombra sin luz, y que si te mantienes en calma, la sombra no puede asustarte.
Durante horas, Shiki y los ratones practicaron. ¡Tip! ¡Tap! Pero ahora no era un ruido rudo, sino un sonido rítmico y musical, como gotas de lluvia sobre una hoja. Los ratones aprendieron a saltar sobre botones perdidos sin hacer ni un ruidito de nada. ¡Zing! ¡Zas! ¡Flap! Al final del entrenamiento, hasta el Maestro Squeak-San podía dar una voltereta triple sin que su bigote temblara.
Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana, los ratones hicieron una reverencia muy seria. —Gracias, Maestra Shiki —dijo Squeak-San—. Ahora somos los guardianes invisibles de las migas de queso. —Y con un movimiento veloz —¡Šup!— desaparecieron por un agujerito en la pared, tan silenciosos que Shiki solo supo que se habían ido porque dejaron una pequeña semilla de girasol como regalo.
Shiki soltó un bostezo gigante, se subió a su cama y se tapó hasta las orejas plateadas. Ya no había ruidos que asustaran, ni sombras misteriosas. Solo había paz. Se quedó dormida ronroneando suavemente, sabiendo que a veces, lo que suena a monstruo en la oscuridad es solo un amigo pequeño que aún no sabe cómo caminar en silencio. Y así, con el corazón lleno de luz y la habitación en calma, todo salió justo como debía salir. ¡Buenas noches, pequeños ninjas!