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Trixi la Boyero de Berna protegiendo a las hadas en el bosque.

Trixi y el Refugio de las Hadas

Explora el mágico Bosque de los Abedules Brillantes de la mano de Trixi, una valiente Boyero de Berna que se convierte en el hogar de las hadas. Este cálido cuento de aventuras enseña el valor de la protección y la ternura antes de irse a dormir.

🌙Para dormir🗺️Aventura
7 min de lectura698 palabras5+ años

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En el corazón del Bosque de los Abedules Brillantes vivía Trixi. ¿Sabes quién es Trixi? Ella es una perrita Boyero de Berna muy especial. Tiene el pelaje más suave del mundo, tan negro como la noche, tan blanco como la nieve y tan naranja como las hojas en otoño. Pero lo más mágico de Trixi es la estrella blanca que brilla justo en su pecho. ¡Tip, tap, tip, tap! Así suenan sus patitas cuando camina con un trote rítmico y feliz por el bosque. ¡Ring-ling! suena su pequeña campanita de cobre mientras saluda a todos con sus cejas de color canela bailando de alegría.

Durante el día, el bosque es un lugar muy ruidoso. ¡Zas! ¡Pum! ¡Ziuuu! Las hadas pequeñas, como Pip y Lulu, vuelan de aquí para allá con sus alas de pétalos de flores. Son tan rápidas que parecen chispas de colores. Pip corretea por las ramas y Lulu hace piruetas sobre los arroyos. Trixi las miraba y pensaba: «¡Qué cansadas deben estar de tanto jugar!». Pero las hadas son un poco tercas y nunca quieren irse a dormir. ¿Tú también te quedas jugando hasta muy tarde? Pues las hadas son igualitas.

Una tarde, de repente, sopló un viento muy extraño: el Gran Vendaval de Brillos. ¡Fuuuu! Las hojas bailaron y el aire se llenó de un polvo mágico que hacía que todo diera vueltas. Las pobres hadas intentaron volar a sus camitas en lo alto de las flores, pero estaban tan cansadas que sus alas hacían un sonido muy bajito: «flap... flap... plop». ¡Oh, no! Pip y Lulu estaban temblando de frío en el suelo de musgo. Su brillo se estaba apagando y sus «¡Zip!» y «¡Zop!» se habían convertido en un triste «ay» y «uy».

¡Trixi al rescate! Ella no tenía alas, pero tenía unas patas fuertes y el corazón más grande del bosque. Con mucho cuidado, Trixi comenzó su trote rítmico. ¡Ring-ling! ¡Ring-ling! Su campanita decía: «Seguidme, pequeñas, aquí estaréis a salvo». El brillo blanco de su pecho era como un faro en la oscuridad. Las hadas, al oír el sonido dulce de la campana y ver la estrella blanca de Trixi, empezaron a acercarse poco a poco. ¿Puedes verlas? Son como pequeñas lucecitas caminando entre la hierba hacia nuestra gran amiga peluda.

Trixi llegó a un rincón muy acogedor llamado el Hueco del Musgo Esmeralda y se echó en el suelo. ¡Puf! Se acomodó como una gran nube de algodón. Entonces, hizo algo muy especial: soltó un bostezo largo y profundo que sonó como una canción de cuna: «¡Guau-uuu-mmm!». Era una invitación. Pip fue la primera en acercarse. Se hundió en el pelaje negro y sedoso del cuello de Trixi. ¡Qué calentito estaba! Luego llegó Lulu y se acurrucó cerca de las orejas de terciopelo de la perrita.

¡Uno, dos, tres y hasta veinte hadas más! Poco a poco, todas las haditas del bosque se metieron entre el pelo largo de Trixi. Era como una gran fiesta de pijamas en la cama más suave del universo. ¡Aghshhh! ¡Shhh! se oía el bosque. Trixi se quedó muy quietecita. Podía sentir el pequeño latido de las hadas contra su piel, y las hadas sentían el corazón de Trixi: ¡bum-bum, bum-bum!, rítmico y tranquilo como un tambor que da mucha paz.

El frío del viento ya no importaba. Trixi las cubrió a todas con su calor, sintiéndose como una casa andante, una montaña de amor. Los Pinos Susurrantes dejaron de silbar para no despertarlas y el Búho de la Luna bajó el volumen de su canto. Trixi cerró sus ojos color chocolate y suspiró feliz. Ella no necesitaba volar para hacer magia; su magia era cuidar, proteger y dar el mejor de los descansos.

A la mañana siguiente, cuando el sol empezó a hacer cosquillas en la nariz de Trixi, las hadas se despertaron llenas de energía. ¡Zip! ¡Zop! ¡Estaban radiantes! Cada una dejó un poquito de polvo de hadas sobre el collar de cuero de Trixi como agradecimiento. Y así, con un último y alegre «¡Ring-ling!», Trixi regresó a casa trotando, sabiendo que no hay nada más bonito que ser el refugio de un amigo cansado. Y así, entre sueños de flores y abrazos de lana, este cuento se ha acabado.

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