Había una vez, en un jardín tan grande que las margaritas parecían paraguas y las briznas de hierba eran como rascacielos verdes, una pequeña tortuga llamada Tula. Tula no era una tortuga cualquiera; tenía un caparazón moteado muy elegante y unas orejas invisibles, pero increíblemente atentas. ¿Sabes qué buscaba Tula? No buscaba fresas, ni tampoco perseguía mariposas. Tula buscaba el 'Rincón del Chissst', ese lugar mágico donde el viento, antes de irse a dormir, susurra los cuentos más bonitos del mundo.
Esa mañana, Tula se preparó con mucho cuidado. ¡Ñam, ñam, ñam! Se comió tres tréboles tiernos para tener energía y se puso en marcha. Para una tortuga, cruzar el jardín es como cruzar un océano de selva. Cada paso era un pequeño esfuerzo: ¡Zas, pas! ¡Zas, pas! Tula avanzaba despacio, con su casita a cuestas, decidida a encontrar el silencio.
Pero el jardín no estaba precisamente callado. De repente... ¡Rat-a-tat! ¡Boom! ¡Bum! Un grupo de escarabajos tamborileros apareció de entre las raíces de un rosal. Golpeaban palitos contra cáscaras de nuez con muchísima energía. —¿Habéis visto el Rincón del Chissst? —preguntó Tula, asomando un poquito más el cuello. Los escarabajos, que estaban muy ocupados con su ritmo, ni siquiera la miraron. ¡Pum, tarará, pum! Tula suspiró y siguió caminando. El ruido era tan fuerte que sentía que su caparazón vibraba como una campana.
Un poco más adelante, llegó a la zona de las lavandas. Allí, un grupo de gorriones saltaba de una rama a otra. —¡Pío, pío! ¡Que si el gato! ¡Pío, pío! ¡Que si las migas! —Cotorreaban todos a la vez. Era un lío de voces tan grande que Tula tuvo que esconder la cabeza un momento. ¡Qué alboroto! ¿Crees que así se puede escuchar al viento? Imposible.
Tula empezó a sentirse un poco triste. Sus patitas estaban cansadas y el sol empezaba a bajar, pintando el cielo de color mermelada de melocotón. Justo cuando pensaba en dar la vuelta, se encontró con alguien que no tenía ninguna prisa: el viejo caracol Snail. Snail se deslizaba sobre una hoja con una elegancia asombrosa, dejando un rastro brillante como si fuera un camino de estrellas.
—Hola, Snail —dijo Tula con voz bajita—. Busco el lugar donde el viento cuenta cuentos, pero aquí todo el mundo grita, canta o tamborilea. ¿Me he perdido? Snail se detuvo, movió sus antenas lentamente hacia un lado y hacia el otro, y sonrió. —Tula, pequeña —susurró Snail—, para escuchar al viento no solo necesitas un lugar mudo. Tienes que encontrar el silencio que vive dentro de tu propia casa, aquí mismo, bajo tu caparazón.
Tula se quedó pensando. ¿Silencio dentro? Cerró los ojos un momento y respiró hondo. ¡Fiuuu... fuaaa! Sintió los latidos de su pequeño corazón: ¡pum-pum, pum-pum! Y de repente, el ruido de los pájaros y los tambores dejó de molestarla. Era como si hubiera cerrado una puertecita mágica.
—Gracias, Snail —dijo Tula. Y con una nueva calma en sus pasos, llegó por fin al Gran Valle de los Helechos. Allí, las sombras eran alargadas, suaves y de color azul noche. En el centro del valle, había una hoja de plata gigante que goteaba rocío con un suave ¡ploc... ploc!
Tula entró bajo la hoja, se acurrucó muy bien y encogió sus patitas. Se quedó muy, muy quieta. De pronto, un airecito fresco y con olor a flores nocturnas empezó a acariciarle la nariz. Era él. El viento había llegado.
—Shhh... —susurró el viento entre los helechos. —Escucha, Tula... hoy te contaré la historia de las montañas que tocan las nubes y de cómo la luna se peina en los ríos de cristal.
Tula escuchó cada palabra, sintiendo cómo el sueño la envolvía como una manta de seda. Se dio cuenta de que no importaba si el mundo afuera era ruidoso, porque ella ya sabía cómo encontrar la paz en su interior. Y así, bajo su hoja de plata, Tula se quedó profundamente dormida, soñando con castillos de aire y vientos que saben contar historias. Y así fue como todo salió exactamente bien. Bien.
Buenas noches, Tula. Buenas noches a ti también.